Cosa
sublime ésa de creer para sí lo emanado de alguien, mas, cuando ese alguien se
refería a alguien más. Así de ilusas son las convicciones, o los caprichos,
quién sabe. El Caribe, o el mar, ha hecho de nuestros puertos nuestra forma de
percibir las cosas, y pareciera que en cada cabeza hubiese un puerto, distinto
al refrán ése: cada cabeza es un mundo. Pues no, podría ser más bien: cada
cabeza es un puerto… y el mar nos trae, y del mar recibimos… luego; luego
aprendemos; pero en ese proceso se pasa un tiempo, no es rápido, o instantáneo,
al contrario: hay que sumar muchísimos instantes para que, de los patrones que pudiéramos
establecer, poder pensar, reflexionar... pero mientras, mientras esperamos qué
nos trae el mar: izquierda, derecha, dictadura, desamor con democracia, qué se
yo, yo apenas me hago mi propio muelle, a ver si soy capaz de entender algo un
poco más allá de lo que puedo leer… y puede que en las palabras esté la cosa,
porque no sé cómo explicar lo que siento, pero percibo algo; y es que ese algo,
alguien: puede que no tenga que ver conmigo, o con nosotros; si es que tú
piensas lo mismo, pero uno se empecina, uno no espera que lleguen a su muelle,
uno empieza a pegar gritos a cuestas en las costas… y gesticula: deformamos el
rostro en muecas que ni entendemos: a éste qué le pasa… todo porque vemos que
el mar algo trae, algo asoma y queremos llegue primero a nosotros, a mi muelle,
luego corremos a tierra firme, más bien al valle, a exhibirnos unos a otros lo
que el mar prácticamente nos trajo a todos pero sólo a algunos les llegó al
muelle, así empezamos a envidiarnos, porque es así: cuesta reconocer el
esfuerzo de un individuo. Estamos acostumbrados a recibir del mar… cosa sublime
ésa, creer para sí lo emanado de alguien…
Blog dedicado a la redacción de escritos, en su mayoría originales. /Blog focused on original writings mostly
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Thursday, November 26, 2015
Thursday, May 21, 2015
Una necedad necesaria o una necia necesidad…
Del
gesto como gusto paso al gasto como vicio, por supuesto; no me gusta. Paso horas
valiosísimas (al menos para mí) frente a una computadora, parpadeándole a las
frases que van abriéndose camino: hechos noticiosos en su mayoría. Espero,
ávido, la gran noticia; quiero ser el primero, quiero ser uno de los que se
entera que en un día como hoy y a una hora como ésta; se acaba de divulgar el
hecho que cambiará nuestra historia. Lo que no sabría explicar es por qué
quiero ser el primero. Se me ocurren algunas excusas: vanidad, la vanidad suele
ser siempre la razón de mucho, pero qué tanto, al fin y al cabo haría falta el
reconocimiento; el mérito. Una dupla interesante ésta que les acabo de
mencionar. Diría que por ego, pero qué va, el ego es lo que resulta de la dupla
con mi primera excusa. Por moda, y por tanto: inducida; tenemos ésta cuestión
no se qué no se cómo por la que hay que decirlo todo y de todo, pero no me
convence; la moda es más el repetir sin verificar, al final esto es una simple
fórmula: ego es igual a moda por la suma entre vanidad más mérito. Pudiera
mencionar más, pero entrarían fácilmente en la fórmula. No es descabellado
escribirles que también puede ser por fe, esperanza; esa necesidad de creer que
las cosas van a mejorar, que este esfuerzo cotidiano no es en vano, que sí, que
sí hay una recompensa por la que vale la pena el cansancio. Fe ésta que nos
lleva a desesperarnos. Creer se nos vuelve un vicio, entonces se confunden el raciocinio
y el lapsus (ya no sé cuál es cual) y viene el delirio: por qué coño los verbos
en las noticias se escriben en futuro. Fulano de tal hará, Zutano investigará,
Mengano discutirá… para bien y para mal el futuro no es un hecho, así que
tampoco puede ser noticia. Quizás por eso la desesperanza… porque los verbos
del futuro deben hacerse presente…
Cantó
Cerati: el tiempo es arena en mis manos…
Monday, February 24, 2014
Relativo a los rótulos…
Cuando empezamos a
explorar el habla, descubrimos sonidos maravillosos, que asociamos a cosas, sin
estar previamente incluidos en la lengua de nuestra sociedad. Es así como
nuestros padres terminan repitiendo – porque es muy cuchi – los nombrecillos
con los que bautizamos ciertas cosas. Nuestra versión del mundo al que no hace
mucho hemos sido invitados. Cada uno de los presentes sabe y recuerda alguna
palabra, porque seguramente fue tema de conversación a lo largo del
crecimiento. Hay quienes aun no abandonan ese gusto bautista – yo al menos no –
A los niños les digo “ondónkiros” y a las mascotas “comuy”; no sé, me suenan
tierno, sí, probablemente existan como términos en otra lengua, e incluso
tengan significados perversos, lascivos y degradantes. Pero en mi mundo fonético,
la imagen que se forma a partir de este delirio es encantadora. Véanlo ustedes
mismos; niños y mascotas, inocencia, es perfecto. Pero el motivo de esta cita
no descansa en perfecciones, más bien se agota en contradicciones…
Tal como desarrollamos
esa facultad de crear palabras, también hacemos lo propio dándole significados
nuevos a las existentes, eso pasa en definiciones como camarada, que al parecer dejaron de compartir la recámara para volverse compañeros en ideología
política, pero no cualquiera, sino de izquierda,
en la derecha esa palabra sería un
sacrilegio… y pensar que todo empezó por dormir juntos, bueno, como los lados: girondinos y jacobinos, con esta gente, al parecer, empezaron los
posicionamientos en el parlamento, y de esto devino todo el rollo de las representaciones,
otra palabra buena ésta última, porque en el teatro también se usa, y así,
concatenando sin mucho raciocinio: el parlamento es una obra de teatro…
No pretendo criticar
escenarios. El motivo en desarrollo aquí – y esperando tal vez un debate – yace
en las etiquetas… hay acepciones, sí, pero no es eso exactamente. Venimos del
cuento de los varios significados. Me refiero a las ganas de etiquetar, como
vicio, y hasta peyorativo a veces según la dirección que hemos decidido
obedecer, inclinarnos por ahí, y con todos los complejos que arrastramos de jóvenes;
señalarnos unos a otros… lo digo otra vez: y así, concatenando sin mucho raciocinio:
el parlamento es una obra de teatro…
Sílabas actúan de malas
queriendo ser buenas, creando una especie de chocancia, o repudio, dependiendo
de las circunstancias en las que se mencionan. Algo parecido pasa con los
objetos, muchos terminan siendo símbolos, y entre estos y las etiquetas, nos
vamos perdiendo entre significados... bajo ese caldo ponemos a hervir nuestras
sensaciones, de libertarios opresores, de odiosos enamorados, de bondadosos
malvados, y quien sabe qué otra contradicción sugerida e impuesta, para que
luego se nos etiquete y así, como el parlamento, ser también una obra de teatro…
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