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lunes, 4 de junio de 2012

Ablandar hablando…



Del leyendo y del rayando nacieron letras para prestar algunas palabras. Recordé y recordaba si no fue primero inventado aquello relacionado con el perdón, propio de Dios y de dioses, así como su ejercicio tergiversado para los terrenales: la disculpa. Resulta interesante; la disculpa como voto a la soberbia, siempre sincera por humilde…

Quien se disculpa (quien aprende a pedirlas) cumple con su ego, lo reivindica; hace de lo grande grandeza (como diría Galeano) pone su grano de voluntad en quien ha de aceptarlas: una persuasión evolucionada, un truco social producto del talento humano; que sigue siendo pero Recurso Humano dejó de ser; un gesto apropiado, una victoria del convencimiento. Sea la vanidad absuelta. Pedir disculpas también funge de presupuesto, una forma de amortiguar al dolo presente que se consumará en el hecho futuro: la disculpa se vende y se compra como muestra de humildad, como excusa que suele excusar a quien debería mejor resarcir…

El plan de la venganza presupone una disculpa aceptada para poder nacer. Te disculpo para que me permitas ofenderte (trayendo aquello célebre del pedir perdón para pedir permiso) Quien acepta disculpas también vende y compra su humilde soberbia: la magnanimidad…

Ahora bien. La duda: hay gente que, por orgullo, ni pide ni acepta disculpas. Quizás la asumen como esos favores que sugieren inferioridad por sucumbir. ¡Quién sabe!